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Dejemos que sean niños

Educar con amor y respeto en la sociedad actual es complicado. Los adultos vivimos con prisa y llenos de rencor en muchas ocasiones. Muchas personas piensan que están de vuelta de todo y esa actitud limita su disfrute de la vida, y lo que es peor que la disfruten los demás. La infancia se ha convertido en una fase de la vida que hay que soportar y que cuanto antes pase mejor, se intenta corregir, limitar e incluso esconder. Mucha gente deja de salir cuando tiene niños, deja de hacer las cosas que hacía antes "porque con niños no se puede" esta claro que muchas cosas cambian cuando eres padre, la mayoría en mi experiencia a mejor, el problema es que la sociedad actual ve a los niños como esos ladrones de libertad que obligan a los padres a ser responsables ¿acaso un adulto sin hijos no debería ser responsable?

Por algún motivo la sociedad ha perdido la confianza en los padres. Se dice de ellos que malcrian, que consienten. Se juzga a los padres abiertamente sin pudor. Se piensa que la juventud actual es la peor de la historia, los ninis, y por supuesto es culpa de los padres. No nos damos cuenta de que la sociedad al completo somos responsables. Primero se desacredita  a los padres a  la hora de educar a sus hijos y se confunde "escolarización gratuita" con "escolarización obligatoria" los niños pasan más horas en el colegio que con sus padres, pero son los padres los que educan. ¿como vamos a educar si no nos sentimos preparados? si todo lo que se escuchan son criticas. He escuchado muchas veces decir eso de "le dejo a comer en el comedor para que aprenda a comer" ¿ni siquiera somos capaces de enseñar hábitos de alimentación a nuestros hijos? ¿tan poco preparados nos sentimos los padres? ¿es realmente tan díficil? no lo creo, pero la sociedad nos empuja a pensar eso. A pensar que no podemos enseñar a nuestros hijos a comer, que no podemos enseñarlos a leer, a escribir, a dibujar... los padres tienen que delegar todo.


Creo que hay un problema de prisa, queremos que los niños crezcan rápido, que dejen de ser niños rápido. Se suele decir "que dejen de molestar", por algún motivo, la infancia molesta. El otro día mi hijo estaba jugando con un caracol, estuvo jugando un buen rato y otra niña que estaba en la terraza de la cafetería también, estuvieron un buen rato entretenidos, cada uno por su lado buscando caracoles e intentando que comieran flores y hojas. Cuando ya nos íbamos mi hijo quiso llevarse el caracol a casa, mientras yo le explicaba que el caracol vivía en el pueblo, que allí tenía a su familia y teníamos que dejarle allí apareció un señor hablando en voz bien alta "¡los caracoles no son para jugar!" asustando a mi hijo y a la otra niña, por suerte ya nos íbamos pero ya ví la cara del papá a punto de saltar hacia ese que levantaba la voz pensando que así tendría más razón. Por suerte como digo nos íbamos y mi niño ya había entendido que el caracol vivía en el pueblo, también las voces facilitaron la marcha pues no está acostumbrado a que le hablen así, por alguna razón algunas personas piensan que los niños pequeños son sordos y siempre les hablan a voces, no digo que les griten si no en un tono más alto del habítual (como el chiste de los extranjeros que si les hablas despacito y alto te entienden, debe ser algo así) Todo esto venía a que los padres hoy en día lo tenemos dificil porque la infancia está mal vista. Nos gustan los niños de los anuncios "que duermen doce horas con el culito seco" pero esos niños no existen. Los niños hacen ruido, juegan, cogen caracoles, lloran y ríen en el mismo minuto, y no es que tengan doble personalidad, o que estén manipulando a los adultos, es que los niños saben disfrutar de la vida, viven cada momento intensamente. Están tristes por que se han quedado sin caracol: lloran. Mamá les coge en brazos: ríen y olvidan el caracol.

La vida es más sencilla de lo que pensamos los adultos.

Disfrutemos de la vida como niños.


Eduquemos en el consumo responsable

Una de las cosas de la vida cotidiana que evito hacer con mi hijo es "la compra" y os podéis imaginar el porqué. A pesar de ser una gran oportunidad de aprendizaje (próximamente dedicaremos una entrada con pautas para hacer de este momento un momento educativo), se convierte en una situación de estrés para él y para mí.

La cantidad de estímulos a los que son sometidos los pequeños en un supermercado, hace que aumenten las rabietas, que quieran coger todo lo que les rodea, experimentar con todo lo que hay a su alcance...

Existen múltiples estrategias de marketing basadas en los estímulos que recibe nuestro cerebro a través de los órganos de los sentidos, especialmente por medio de la vista. Los expertos conocen los compradores potenciales de cada producto, saben el lugar exacto en el que deben colocar cada una de las cosas para que las compremos y si a los adultos nos cuesta no caer en los "encantos" de estas "artes maliciosas" ¿cómo conseguir que nuestros hijos no cojan todo tipo de golosinas que están al alcance de su mano, llenas de colores y dibujos atractivos para ellos? ¿pensáis que están colocados al azar?¿por qué siempre en plena línea de caja,  mientras estás esperando, justo cuando vas a pagar y parece que has sobrevivido a todos los juguetes, chocolatinas, cajas de cereales.....aparecen los globos de los personajes de moda, cromos y miles de caramelos de colores y sabores?.


¿Son nuestros hijos  niños mal educados, consentidos y tiranos por tirarse al suelo de un supermercado llorando y gritando intentando conseguir un juguete o una "chuche"? ¿es culpa de nuestros pequeños que cojan y desordenen los artículos de una estantería del supermercado?,¿somos los padres demasiado permisivos? mi opinión es que NO, NI ELLOS NI NOSOTROS SOMOS CULPABLES, somos VÍCTIMAS de la publicidad "confeccionada" y de la manipulación de la sociedad de consumo.


Pero ¿qué podemos hacer cómo padres? ¿cómo proteger a nuestros hijos de la publicidad? y no hablo solo de los anuncios de televisión, si no de las vallas publicitarias, del merchandising de determinadas compañías dedicadas a la animación infantil, a los envases que recubren alimentos y todo el fenómeno mercantil de estas compañías cuyo único objetivo es vender.

Parémonos a reflexionar sobre estos titulares de prensa sobre el consumo infantil:


“Para los jóvenes comprar es una de las actividades más divertidas que ofrece la ciudad”
"Los niños influyen en cerca de un billón del gasto familiar"
"Los niños son protagonistas en las decisiones de consumo familiares"
"El niño es el cliente más rentable de una serie de empresas"


¿Son los niños manipuladores?

Es muy normal presenciar la escena de una niña llorando porque quiere algo y de su madre o de cualquier otra persona adulta que la acompañe diciendo “no vas a manipularme con tus lágrimas” (o alguna frase por el estilo). A mí, no deja de sorprenderme que niños tan pequeños, con solo cinco o seis años de experiencia vital sean capaces de manipular a personas de treinta o cuarenta años. Los niños no manipulan: Piden. Piden lo que desean cuando lo desean y es nuestra falta de empatía, nuestra incapacidad para comprender las necesidades de otra persona, la que lleva a pensar que los niños manipulan. A veces incluso se  les niegan las cosas para que aprendan que la vida no es fácil ¡a los seis años! 

Atención plena. El arte de vivir en el presente

Si ayer hablábamos de Slow Parenting, o educación a fuego lento, hoy vamos a hablar de la atención plena. La atención plena no es más que ser conscientes de vivir el presente. Si estamos lavándonos los dientes, por ejemplo, ser conscientes de cada movimiento, de como cada diente es cepillado, vivir el presente en plenitud. Una experiencia tan sencilla, mecánica y monótona como lavarse los dientes se transformará en una experiencia nueva. Imagínate si algo tan simple puede convertirse en algo nuevo que pasará si aplicas la atención plena a los asuntos importantes: jugar con nuestros hijos, contar un cuento, hablar en la sobre mesa en familia. Se convertirán en experiencias extraordinarias.

Muchas veces, la mayoría, por no decir siempre, jugamos con nuestros hijos mientras contestamos al teléfono, sacamos el pan del congelador para la cena y le regañamos por quitarse los calcetines. Eso no es

Slow Parenting, ahora que vamos despacio...

Buscando información para la web me he topado con un artículo sobre slow parenting, es de hace tiempo pero no está de más recordar, hoy que es viernes y se acerca el fin de semana, que ir despacio generalmente es bueno.  La primera vez que escuché hablar de la filosofía slow fue hace unos cuatro años, pero referido al concepto de comida, en oposición a la comida rápida, después todo empezó a ser slow, los viajes, las compras, el amor, y por qué no, también el tiempo en familia. Aplicar la lentitud como filosofía de vida, disfrutar de cada instante, ya sea de un bocado de comida, ya sea cantar una nana a nuestro bebé, es una

IMPACIENCIA


La gente quiere que los niños aprendan a tener paciencia, que aprendan a esperar su turno para jugar en el parque, a esperar para tener un juguete, que aprendan a compartir… Pero las bondades de la paciencia deben  valer solo para los niños, en la edad adulta todos estos aprendizajes que nos parecen fundamentales para los niños, desaparecen. Queremos que los niños tengan respeto y paciencia pero no les ofrecemos ni lo uno ni lo otro. Les metemos prisa para que coman, para que se vistan, hasta para que jueguen, en los parques se ven numerosos ejemplos de la impaciencia que se tiene con los niños. 



El caso es que el nivel de estrés o, tal vez de exigencia, que tienen algunos padres hacia sus hijos hacen que la infancia se convierta en una tortura que mejor parsar de prisa como un mero trámite. Y es que por algún motivo los padres parece que nos sentimos impacientes por que nuestros hijos crezcan.

La mamá que lleva a su bebé en el carrito preguntará a la mamá del bebé del arenero ¿cuántos meses tiene? 8 responde – con ocho ya juegan - murmura la mamá novata, feliz por que piensa que así sus tardes en el parque serán menos aburridas, sin darse cuenta de que el aburrimiento está en ella misma y no en la actividad de su hijo, que la reclama desde el carrito con gestos y sonrisas pero al que no cogerá bajo ningún concepto  para que no se acostumbre a los brazos”.

Y de pronto, creció.
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